Si has leído bien. Se puede ser un Petrolhead de las dos ruedas y sin embargo no profesar la religión del “motero empedernido”. Claro tú, como lector habitual de SMN, te preguntarás cuál es la diferencia entre ambas cosas y un servidor, tras una de esas pensadas en reposo que suelo darme con una copa de vino en la mano, intentaré aclarar el concepto de manera clara y concisa.
Un virus metido en la sangre
Llevo toda una vida levantándome y acostándome pensando casi a diario en las mismas cosas. Generalmente en todo aquello que tenga motor, pero especialmente en “hierros” con manillar y dos ruedas. De manera especial en aquellas denominadas Old School; las mismas, por otro lado, que hoy se han convertido casi en un fetiche para miles de aficionados pero también para coleccionistas e inversores de todo tipo.
A lo largo de los últimos años he sido el feliz propietario, de multitud de máquinas fascinantes y bellas a partes iguales entre las que se encuentran la CBR60RR, GSXR750 SRAD, VFR800 VTEC, VFR750 RC36 I y II, FZR1000, ZZR1100, ZX10R, Daytona 955i, VFR800Fi, TZR80RR, etc… La lista continúa con alguna belleza más, pero el cometido de estas líneas no tiene como objetivo produciros envidia cochina (la sana no existe, creedme), por la suerte que atesoro en este sentido.
Amante de las motos por muchas razones
En la actualidad, por múltiples razones que no vienen al caso, mis sueños húmedos con las motos no pasan por estar pilotándolas durante horas, como sí ocurría antaño. Tampoco proyectando viajes todo el año y en definitiva siendo un motero empedernido que vive por y para la moto. El relato puede sonar ilógico, incluso hasta contradictorio teniendo en cuenta que a día de hoy me gano las lentejas dentro de este fascinante sector.
Pero nada más lejos de la realidad. Habemos muchos moteros que podemos pasar semanas sin montar en moto pero por el contrario tenemos la imperiosa necesidad de visitar a diario el garaje donde descansan habitualmente “nuestras niñas” con el único fin de pasarles el trapo, arrancarlas un rato o simplemente sentarnos con una bebida espirituosa en la mano a deleitarnos con sus lascivas curvas.
Una forma diferente de disfrutar de aquellas motos que forman parte de tu vida a cada momento. Es más, en el proceso, sin que ellas puedan ni siquiera sospecharlo, divagamos por qué modelo la cambiaríamos sin dilación alguna e incluso barajamos la idea de volver a adquirir viejas glorias noventeras que disfrutamos antaño:
“Y si vendiera la VFR y volviera a comprar una SRAD… Como me gustó aquella moto”, pensaba hace apenas unos días mientras me quedaba embelesado admirando a la elegante 800 Fi y su compañera de garaje, una TZR80RR de última generación. La idea suele durar apenas unos segundos en mi cabeza, el tiempo exacto hasta que caigo finalmente en la felicidad que me produce salir a rodar a los mandos de cualquiera de ellas.
Otros síntomas claros de la enfermedad
Debo aclarar en este punto que, para llegar a esta deducción, he hecho un profundo ejercicio de reflexión y memoria para entender porque pertenezco a un grupo y justamente por eso mismo no me identifico con el otro. Un ejemplo claro sobre este asunto son las concentraciones de motos. Los moteros empedernidos sueñan durante toda la semana a cual acudirán al siguiente domingo.
Además, generalmente, acompañados por su colla de colegas que viven y sienten la moto de una manera muy similar. Aquellos que saboreamos las mieles moteras como intentó explicar aquí, no solemos ir a eventos de este tipo. Tampoco salimos en grupo y, de hacerlo en compañía, suelen ser pocos (muy pocos) y muy de vez en cuando. Entre otras cosas porque odiamos eso de ir a ritmo de terceros al igual que tener un itinerario marcado antes de salir.
Para poner en contexto el tema: he tenido mañanas que salía con la idea de dar una vuelta corta a tomar un café por la zona y he terminado a más de 200 kilómetros de casa sin saber cómo o porqué; y viceversa. Luego, pueden pasar días, semanas hasta que decida volver a salir a rodar, aunque a lo largo de ese tiempo no haya dejado ni por un momento de pensar en motos.
Este es sin duda uno de los síntomas que identifican claramente a un amante de las motos del citado motero empedernido, aunque esto no quita que el segundo tampoco pueda quitarse “su burra” de la cabeza. Por último y para cerrar esta pequeña reflexión, hay un aspecto nada baladí en todo este asunto y es el sentimiento de responsabilidad que te generan las motos cuando eres un amante de ellas.
Al contrario del motero empedernido (o eso he constatado yo a lo largo de todo este tiempo), que suele usar su montura como una mera herramienta de diversión, trabajo o pura aventura, los que habitamos al otro lado del espectro sentimos verdadera pasión y devoción por ellas. Por ejemplo, eso de salir con la moto sucia, ser conocedores de algún desperfecto y no solucionarlo o saber que tiene el mantenimiento cumplido y no lo has realizado antes de una salida, va frontalmente contra nuestra forma de entender y vivir la moto.
En nuestro subconsciente la consideramos una más de la familia y por ende se le cuida lo mismo que a cualquier miembro de la misma. Y no hay excusas ni medias tintas en el asunto: “Es que eres demasiado tiquismiquis con la moto” me decía no hace mucho un conocido del mundillo. No, simplemente no va conmigo el desentenderme de todo aquel aspecto negativo que pueda afectarles.
Y sí, lo sé, quizás esté para ir a terapia; de hecho muchos de nosotros lo estamos, aunque de lo que estoy seguro es que más de uno (y de dos), de los que han llegado hasta aquí, podrían encajar dentro del mismo cuadro clínico… ¿Me equivoco? Si no es así dejádmelo en comentarios ¡Os leo!








