Cada vez que uno sale a circular con un vehículo asume, aunque a veces se nos olvide, unos riesgos que son inherentes de la circulación, de la velocidad y de la vida en general. Si nos subimos a un vehículo, del tipo que sea, nos exponemos a un accidente y a sus consecuencias. Depende de cómo circulemos, cuánto, por dónde y nuestras capacidades las posibilidades aumentan o disminuyen.
Por eso siempre he defendido que asumir ese riesgo, ya es suficiente como para luego ir haciendo barrabasadas por el mundo encima de una moto. La precaución es un factor clave, el anticiparse, el saber leer el entorno, el conducir a la defensiva… todo suma para que el riesgo disminuya aunque lo que podemos definir como suerte, destino, casualidad o acción divina pueda tener una “sorpresa” reservada para nosotros.
Lo que pasa es que llega un momento que ni toda la pericia del mundo, ni toda la precaución, te prepara para encontrarte un maldito socavón en el lugar menos pensado. Y es que sí, mientras tenemos a la más que cuestionable dirección de la DGT haciendo comprar a todo el mundo balizas para aumentar la seguridad (no vamos a abrir el melón de las balizas ahora mismo, que eso da no para una columna, sino para una película de miedo), vemos una impasividad tremenda sobre el estado de la red vial.
En los últimos años, estamos asistiendo a la desintegración de las infraestructuras que tanto dinero costaron y todo por falta de mantenimiento. Ya hace tiempo, mucho, que desde el sector se venía advirtiendo de las astronómicas sumas de dinero que hacían falta para poder mantener la red. De hecho, hace casi una década ya saltó la voz de alarma estimando que serían en torno a 6.000 millones de euros para reparar las carreteras y que volvieran a tener un buen estado.
Según estos informes, si antes de 2020 no se atajaba este problema de mantenimiento, a partir de ese momento no valdría con sanear sino que, directamente, había que reconstruir gran parte de nuestra red.
Vamos con retraso, tanto que habrá mucho que sea insalvable
Y en esas estamos, porque el invierno que estamos viviendo con lluvias y nevadas continuas está acelerando más si cabe un deterioro que es peligroso. Y es peligroso porque las carreteras con baches provocan accidentes, y estos accidentes pueden llegar a ser extremadamente graves.
Todos los que salimos a la carretera, a la autopista, autovía o hasta a la calle de casi cualquier pueblo, nos encontramos con agujeros en el asfalto y cada día más. En los últimos años, la población de España ha crecido, pero más ha crecido el transporte de mercancías. Y si a un mayor uso de la red sumamos el bajo mantenimiento, y que no estaban previstas para asumir esa cantidad de tráfico, tenemos problemas.
Puede que parezca exagerado, claro, hasta que te toca a ti. Vas en tu moto y, de la nada, te comes un bache que no has podido ver porque no había luz. Entonces, tu rueda delantera desllanta y tú, cual pasajero, estás volando dirección al suelo con todo el tráfico a tu alrededor. ¿A que te da cosita pensarlo? Pues esa es la historia.
No vas a ver programas especiales, grandes titulares, enfrentamientos políticos por esta situación. ¿Y sabes por qué? Porque todos los responsables tienen la culpa y tienen sus excusas, y en esos accidentes se muere de uno en uno y no por decenas. ¿Pero sabes también qué? Que todavía estamos vivos, así que vamos a poner de nuestra parte, vamos a cuidarnos, vamos a ser todavía más desconfiados, vamos a cabrearnos, sí joder, a cabrearnos. Que nuestra vida está en juego y para ellos es solamente eso, un juego: el de la silla y el de mantener la poltrona caliente.
A ver si el honorable Pere Navarro Olivella, ese que dice que quiere aumentar la seguridad vial en nuestro país, o el señor ministro Fernando Grande-Marlaska del que depende la DGT, o el ministro de Fomento, o cualquiera de los consejeros de las respectivas autonomías o los alcaldes y concejales mueven ficha.
Porque que no se les olvide que es su trabajo cuidarnos o, qué menos, no mandarnos al matadero.



