Sí, como lo lees. En 2026 todas las motos de combustión estarán prohibidas en el centro de la capital vietnamita. Sin duda, una decisión que busca limpiar el aire… pero que amenaza con dejar en el aire a millones de personas. La iniciativa del Gobierno vietnamita marca un hito en la lucha contra el cambio climático en el sudeste asiático. Pero también pone de relieve un dilema universal: ¿cómo avanzar hacia un futuro sostenible sin dejar a nadie atrás?
Con cerca de 7 millones de motos circulando por sus calles. Es decir, prácticamente una por cada habitante, Hanói no solo es una de las ciudades con mayor densidad de motos del mundo, sino también un ejemplo extremo de cómo este vehículo se ha convertido en una extensión de la vida diaria: trabajo, familia, ocio, transporte público. En Hanói, una moto no es un lujo, es una necesidad vital.
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Obviamente, esta dependencia tiene un alto coste ambiental. Durante años, la ciudad ha soportado niveles de contaminación del aire entre los más altos del sudeste asiático. Hanói suele figurar entre las 15 ciudades con peor calidad del aire del planeta, superando incluso a gigantes como Delhi o Pekín en algunos días críticos. La mayoría de los contaminantes provienen especialmente de las viejas motos de gasolina que todavía dominan el parque móvil urbano.
Con este panorama como telón de fondo, el primer ministro Pham Minh Chinh ha aprobado una normativa que prohíbe, a partir de 2026, la circulación de motos de combustión en el casco central de Hanói. La medida forma parte de una estrategia nacional para alcanzar la neutralidad de carbono en 2050, en línea con los compromisos internacionales del país.

Sin embargo, aunque el objetivo es loable, la forma en que se pretende alcanzar está levantando ampollas. Numerosas voces critican que la prohibición es precipitada y que no va acompañada de un plan de transición sólido, ni de alternativas reales para la inmensa mayoría de ciudadanos que dependen de sus motos para vivir.
Sin duda, uno de los principales escollos es la escasa infraestructura de transporte público. La red de autobuses es insuficiente, anticuada y suele estar colapsada. Las dos líneas de metro que han entrado en funcionamiento recientemente (después de años de retrasos) apenas cubren una fracción del área metropolitana. Mientras tanto, el coche privado sigue siendo un lujo para unos pocos, y los taxis no resultan viables para el día a día de una familia obrera.
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En este contexto, las motos siguen siendo, para muchos, la única opción. Desde repartidores hasta médicos rurales, pasando por vendedores ambulantes o estudiantes de provincia, todos dependen de ella para desplazarse, trabajar y, al final, vivir dignamente.
Hanói y las motos, la cara social del cambio climático
Por ejemplo, Nguyen Vu Hoai Nam, de 17 años, reparte mercancías por Hanói en un viejo scooter que heredó de un familiar. Gana poco más de 4 millones de dongs al mes (unos 150 euros), apenas suficiente para pagar una habitación y alimentarse.
Una moto eléctrica nueva cuesta entre 20 y 40 millones de dongs (sobre los 1.500 euros), más incluso si se busca un modelo que soporte largas distancias o pesos elevados. Aunque el gobierno ha prometido una ayuda de 5 millones por comprador (180 euros), para la mayoría es una ayuda simbólica frente al coste total.

Pero no solo los jóvenes trabajadores están preocupados. Le Hong Viet, de 54 años, habla con emoción de su fiel motocicleta. “Me ha acompañado en todas las etapas importantes de mi vida. No es solo una máquina. Es parte de mi familia. ¿Qué hago con ella ahora? ¿Tiro mi moto a la basura?”
Más allá del aspecto funcional, las motos forman parte del imaginario colectivo de los vietnamitas. Las calles llenas de luces, los mercados improvisados, las celebraciones del Tết (Año Nuevo Lunar), los traslados al campo… todo gira en torno a las dos ruedas. El miedo a perder ese modo de vida pesa tanto como la inquietud económica.
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A pesar de las críticas, el Gobierno insiste en que esta transformación es necesaria. Se han anunciado planes para mejorar el sistema de transporte público, ampliar las estaciones de recarga eléctrica y fomentar la producción nacional de motos eléctricas más asequibles.
También se ha hablado de crear un programa de reconversión de motos de gasolina a eléctricas mediante kits híbridos, una medida que podría permitir a muchas familias conservar su vehículo sin incumplir la ley. No obstante, las dudas persisten. Una encuesta reciente revela que un 59 % de los ciudadanos cree que el plan es impracticable en las condiciones actuales. Solo un 18 % se muestra optimista con respecto a su viabilidad.
En Hanói, la moto no es solo un símbolo de movilidad. Es libertad, sustento, identidad. Y si no se acompaña la transición con justicia social, educación y una infraestructura realista, el riesgo es que se gane aire limpio a costa del bienestar de millones de vietnamitas.



