Hay días en que uno piensa: “Hubiera sido mejor no haberse levantado esta mañana”. Una idea que me ronda la mente desde que Morri me ha pasado un enlace referente al cierre definitivo de Cycle World. Para algunos una revista más; para otros una fuente de sabiduría con más de seis décadas de historia y donde nombres míticos del periodismo, como Alan Catchcart, Ben Purvis o Kevin Cameron han transmitido en directo los capítulos más apasionantes del mundo de la moto.
El cierre de Cycle World y el fin de una era
Puede sonar incluso melodramático, pero es una verdad casi irrebatible si analizamos el cierre de la mítica publicación estadounidense desde un punto objetivo. Que Octane, el grupo empresarial que adquirió la publicación en 2020, haya decidido darla por finiquitada, no solo representa el cierre de “una web más” especializada en el mundo del motor. Más bien se convierte en el síntoma de una enfermedad cronificada en el tiempo donde “internet ha matado el saber”.
Si bien en estos días tenemos a nuestro alcance casi cualquier información relacionada con los últimos tres mil años de historia, lo curioso del tema es que la estulticia en su máxima expresión se ha convertido parte de la tónica general. Y esto es fruto de darle voz a gente que no tiene ni puñetera idea de aquello que predica, vía un canal de YouTube o una de las muchas redes sociales a las que tenemos acceso.
¿Esto quiere decir que deberíamos de censurar la libertad de expresión de la gente? Para nada. Lo que deja en evidencia es que los aficionados del motor han pasado de leer artículos detallados de rigor, de puño y letra de reconocidos profesionales, a consumir horas y horas de contenido audiovisual de poca calidad y muy alejado de los estándares que otrora se manejaban en el periodismo de motor.
Lo que es sentirse como un verdadero afortunado
Esta afirmación la hago con la tranquilidad de haber vivido la época de la revistas en papel, donde Cycle World se convirtió durante décadas en un referente indiscutible del sector. En lo que concierne al periodismo patrio, desde crío, devoré a todas horas las crónicas que tíos amantes de su trabajo, como César Agüi, Mariano Urdín, Jose María Torres Acero, Luis López, etc., se publicaban semanal o mensualmente para ediciones TOP ya extintas como por ejemplo La Moto.
Luego llegó internet, y la masificación de páginas webs y el negocio se jodió. Al menos para aquellos que somos amantes de las dos ruedas. Y precisamente se fue al carajo por el hecho de reducir esta noble profesión a un solo requisito: la rentabilidad. Sin esto último todo, absolutamente todo, se pone en entredicho. Con o sin razón, pero es así y la prueba más certera y a mano que tenemos sobre el asunto es precisamente el mencionado cierre de Cycle World.
Antes de este último, sus propietarios hicieron lo propio con el resto de medios digitales que subsistían bajo su paraguas: Motorcyclist, Dirt Rider, Motorcycle Cruiser, UTV Driver, ATV Rider y Cycle Volta han pasado a mejor vida. Es curioso que tras la adquisición de todas ellas, apenas un lustro antes del cierre, Octane afirmara estar “invirtiendo en estas publicaciones para que los entusiastas de los deportes de motor sigan teniendo acceso a una cobertura editorial online sólida e independiente que alimente su pasión”.
Indudablemente el mercado manda, las tendencias también y en medio de tanto modernismo, una casi infumable evolución y las veneradas (por algunos) nuevas tecnologías, a más de uno solo nos va quedando el consuelo de atesorar una amplia colección de revistas en papel con las que apaciguar el hastío que nos inunda en estos momentos de profundos cambios y una galopante incertidumbre.
Dicho esto, solo podemos solidarizarnos con todos aquellos compañeros que, en estos días, formaban parte de la plantilla de Cycle World y el resto de publicaciones que recientemente han echado el cierre indefinido. Más de uno terminará acordándose de ellos (y sus trabajados artículos), en algún momento cuando, guiado por “los sabios consejos del Youtuber del momento” se termine comprando la que, a priori, parecía la moto de sus sueños y que por la punta no es más que otro cacharro más sin alma con el que pasar desapercibido entre una inmensa mayoría.




