No cabe duda de que el ciclismo es un deporte duro donde los haya y sus corredores grandes atletas capaces de gestas impensables para la mayoría de los mortales. Sin embargo, los accidentes suceden y ponen de manifiesto la peor cara de un deporte que, en ocasiones, siega la vida de jóvenes talentos en la flor de su vida. No hay que retroceder más que unos días para encontrarse con la última desgracia, el fallecimiento de Antoine Demoitié en una de las clásicas de invierno, la Gante Wevelgem. Las circunstancias hicieron que el ciclista belga se fuera al suelo durante la celebración de la misma, con la mala suerte de ser arroyado ya en el suelo por una motocicleta de la organización.
A raíz de este accidente y de los sufridos en los últimos años, son muchas las voces que están reclamando decisiones y acciones para intentar minimizar, en la medida de lo posible, las situaciones de riesgo que han llevado a desenlaces como el del pasado fin de semana.
Se trata de una situación compleja, pues mientras unos reclaman la limitación de velocidades máximas, otros hablan directamente de disminuir el número de motos que cubran la carrera. Desgraciadamente, la situación es compleja, puesto que la UCI (Unión Ciclista Internacional) argumenta que la cantidad de motocicletas ha descendido en los últimos años, aunque no aporta cifras que lo corroboren.
Eso sí, donde parece que hay un punto de confluencia es en que los recorridos de las carreras ciclistas son cada vez más estrechos y complicados, lo que dificulta la convivencia entre vehículos y provoca situaciones de riesgo que en ocasiones acaban en accidente. Tampoco hay que olvidar que otros vehículos de los muchos que acompañan a las carreras ciclistas han sido protagonistas de incidentes similares.


