Durante décadas hemos dado por hecho que cada nuevo modelo de coche era más seguro y más práctico que su predecesor. Frenos eficaces, estructuras rígidas, sistemas electrónicos de ayuda a la conducción…
Pero un estudio del Instituto de Seguros para la Seguridad en las Carreteras (IIHS) de Estados Unidos pone de relieve una paradoja incómoda. Muchos vehículos actuales resultan más difíciles de conducir en entornos urbanos, por culpa de unos puntos ciegos cercanos cada vez más grandes.
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El ejemplo fácil de entender. Alguien cambia su veterana camioneta de principios de los 2000 por un flamante SUV compacto de 2023. A pesar de que el nuevo modelo cuenta con más tecnología, cámaras de aparcamiento, asistentes de todo tipo e incluso es más pequeño en dimensiones exteriores, al volante se siente más torpe en espacios reducidos. Girar en una calle estrecha, aparcar junto a la acera o maniobrar en un garaje parece más complicado.
¿Se trata solo de falta de costumbre? El IIHS ha demostrado que no: es un problema real de diseño.
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Intrigados por el aumento en las cifras de atropellos de peatones y ciclistas en Estados Unidos en los últimos 25 años (en contraste con la fuerte reducción de muertes entre ocupantes de vehículos), los investigadores del IIHS decidieron comprobar si la capacidad de visión inmediata alrededor del coche había cambiado con el paso de las generaciones.
El resultado fue claro: sí, ha cambiado, y mucho. Analizando seis modelos muy populares en distintas generaciones, desde finales de los 90 hasta 2023, se comprobó que la zona visible inmediatamente delante del coche se ha reducido de manera significativa, sobre todo en los SUV y pick-ups.
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Cifras que preocupan del estudio del IIHS
En turismos tradicionales como el Honda Accord, la pérdida de visibilidad cercana apenas fue del 7-8%, algo casi despreciable.
En cambio, en un Honda CR-V de 1997, el conductor podía ver el 68% de un semicírculo delantero de 10 metros. En el modelo de 2023, ese porcentaje se redujo al 28%. Es decir, el conductor actual ve menos de la mitad de lo que podía ver hace un cuarto de siglo.

Otros modelos como el Jeep Grand Cherokee (50%) y el Ford F-150 (36%) también mostraron descensos notables de visibilidad cercana.
A mayor distancia, entre 10 y 20 metros, todos los vehículos ofrecían un campo de visión superior al 80%, pero eso no resuelve el problema: la mayoría de atropellos y colisiones con ciclistas ocurren en ese espacio inmediato delante del morro del coche, justo donde el conductor moderno ve menos.

Pero, ¿por qué vemos peor con coches nuevos?
El estudio señala a varios culpables: Capós más altos y voluminosos, fruto de la moda SUV y de las exigencias de protección en choques frontales. Retrovisores más grandes, que ayudan en carretera, pero bloquean más la visión en las esquinas delanteras. Pilares A más gruesos, necesarios para reforzar la carrocería y cumplir con normativas de resistencia, pero que crean puntos ciegos en giros y pasos de peatones.
Sin olvidarnos de la propia altura del vehículo, que hace que el conductor mire desde más arriba, pero con un ángulo muerto mayor justo delante del coche.

Es cierto que los coches modernos cuentan con cámaras 360º, sensores de proximidad, frenado automático de emergencia o alertas de tráfico cruzado. Sin embargo, los expertos advierten que esa dependencia tecnológica no siempre sustituye a una buena visibilidad natural. Los sistemas pueden fallar, estar mal calibrados o simplemente no reaccionar con la rapidez que requiere una situación crítica.
El IIHS reconoce que este primer estudio no es suficiente para establecer una relación causal entre pérdida de visibilidad y aumento de atropellos, pero la correlación es evidente. La institución prepara ya un análisis más amplio con un mayor número de modelos. Mientras tanto, plantea la necesidad de repensar el diseño de los coches, equilibrando seguridad pasiva y activa sin sacrificar la capacidad del conductor para ver a los usuarios más vulnerables de la vía.
