Hubo una época en la que en zonas concretas de nuestra geografía se daba rienda suelta a la pasión más pura del motociclismo. Era un clásico emular el sábado en carretera lo que verías el domingo en la televisión, con Valentín Requena dando paseos por la agricultura y Ángel Nieto apostillando “a mangueta”.
Hemos viajado hasta la década de los ’90, cuando los muertos en carretera alcanzaban cifras que hoy en día casi no concebimos, pero que de aquella curiosamente veíamos como algo normal. Es cierto que las infraestructuras eran otras, los elementos de seguridad activa inexistentes y los de seguridad pasiva hacían casi honor a su nombre porque “pasaban”. Además, las campañas de concienciación contaban con una presencia casi testimonial en la televisión y prensa. Y ver a Paco Costas en “La Segunda Oportunidad” era casi una locura.
Pero eramos más inteligentes. Y felices. Porque la persona más feliz es el ignorante pero resulta que hoy en día y con la posibilidades que tenemos para poder minimizar los riesgos, hemos involucionado. El resultante es que en muchos casos, la felicidad que tenemos ahora es falsa, condicionada más por querer demostrar y aparentar que la auténtica felicidad que es aquella que nos satisface cuando estamos solos.
¿A qué viene todo esto os preguntaréis? Pues que de vez en cuando es bueno hacer como Will Smith, e ir en busca de aquella felicidad. Y eso fue lo que hicimos hace poco más de un mes un pequeño grupo de amigos: repetir los sentimientos de aquel entonces de la única forma posible, y que no fue otra que viajando al pasado.
Lo podéis hacer en un DeLorean (que por cierto, vuelve a ponerse a la venta), pero también en algunas monturas míticas. Sólo hubo que desempolvar los Dainese del fondo del armario, poner a punto las Suzuki RGV125, Cagiva Mito, Suzuki GSX-R750 ’90, Yamaha Special, Yamaha TRX850, Africa Twin… y así hasta más una docena de míticos modelos que poblaron nuestra carretera en los años ’80 y ’90. Y como no, reunirse en el mismo lugar y a la misma hora que por aquel entonces.
¿Finalidad? La de siempre, echarse unas risas. La verdad es que no iba a quedar, “pero me liaron”. Y es que poder rodar con un buen número de motos que fácilmente sobrepasan en total los 300 años de antigüedad bien valía cambiar los planes. Además y a día de hoy, son perfectamente válidas a poco que sus propietarios las mimen un poco.
Y así y como antaño, siguen llenando de satisfacción y felicidad ya no sólo al que la conduce, sino a aquellos que las ven pasar y recuerdan tiempos pasados. Y sonríen, contagiados por aquella felicidad que creían desaparecida pero que en verdad sólo habían olvidado bajo un montón de polvo en el desván. Seguro que alguno de esos, horas después, acabó divagando en páginas de compraventa de segunda mano valorando si volver a ser joven. Y sí, también feliz.







