El proyecto, bautizado como “Amazonía, antes del asfalto”, no buscaba únicamente completar una ruta extrema. La intención era observar desde el terreno cómo están cambiando algunos de los territorios atravesados por estas carreteras y documentar una Amazonía que, en muchos puntos, ya no coincide con la imagen de selva continua que tenemos desde Europa.
La ruta comenzó en Perú y llevó a Sornosa y a su compañera de viaje, la chilena Marcia Susaeta, hacia Cuzco y Puerto Maldonado antes de alcanzar la frontera brasileña por Assis Brasil. Desde allí continuaron hacia Porto Velho para afrontar uno de los grandes retos del viaje: la BR-319, una carretera que conecta Porto Velho con Manaos atravesando el interior de la Amazonía brasileña.
La propia Sornosa ya había explicado antes de iniciar la expedición que el objetivo era recorrer esta vía antes de que las futuras transformaciones y la llegada del asfalto modifiquen definitivamente su aspecto y la manera de viajar por ella. Además, el terreno no se lo puso fácil.
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Más de 400 km de barro y polvo
Los primeros grandes tramos de la BR-319 obligaron a enfrentarse a más de 400 km de conducción fuera del asfalto. Polvo, barro, roderas profundas, agujeros y una humedad muy elevada se convirtieron en parte del día a día. A ello se sumó el tráfico pesado. Los grandes camiones que utilizan esta vía levantaban auténticas nubes de polvo, llegando a reducir considerablemente la visibilidad.
Las temperaturas también fueron uno de los grandes enemigos. Sornosa explica que llegaron a superar los 37º desde primera hora de la mañana, en unas condiciones de humedad que convertían cada jornada de conducción en un esfuerzo físico considerable. Además, recorrer cientos de km sin encontrar una gasolinera obligó a recurrir en determinados puntos a combustible almacenado en recipientes. Tras cuatro jornadas y más de 700 km de pistas complicadas, ambas viajeras alcanzaron Manaos.
24 horas navegando por el Amazonas
La moto no fue el único medio de transporte utilizado durante la expedición. Una vez en Manaos, las motocicletas fueron embarcadas para continuar el recorrido por el río Amazonas hasta Santarém. Fueron aproximadamente 24 horas de navegación antes de volver a poner las ruedas sobre tierra y continuar hacia Alter do Chão, Itaituba y la BR-230. Este tramo permitió además conocer otra forma de desplazarse por una región donde las carreteras no son siempre la principal vía de comunicación. El propio proyecto de Sornosa pone precisamente el foco en esa convivencia entre carreteras, ríos y comunidades que dependen de ambos para mantener el contacto con el exterior.
La Transamazónica, otros 1.400 km
Después llegó otro de los nombres míticos del viaje: la BR-230, conocida como Transamazónica. El recorrido acumuló unos 1.400 km entre tierra, agujeros y tramos sin pavimentar. Una carretera que forma parte de la historia de Brasil y que, décadas después de su construcción, continúa siendo una ruta especialmente exigente para quienes deciden recorrerla en moto.
Precisamente allí tuvo lugar uno de los encuentros más especiales de toda la expedición. Sornosa y Susaeta coincidieron durante el viaje con João Gonçalves Filho, conocido como “Gau”, un motorista brasileño que en 1976 recorrió la Transamazónica sobre una Harley-Davidson. El encuentro adquiere todavía más significado porque se produjo medio siglo después de aquella primera aventura. Gau, ya con 80 años, continúa vinculado a la motocicleta y volvió a recorrer aquella carretera.
Sin embargo, el objetivo de “Amazonía, antes del asfalto” iba bastante más allá de superar una sucesión de pistas difíciles. Durante los miles de km recorridos, Sornosa encontró grandes extensiones destinadas a la ganadería, zonas deforestadas y áreas afectadas por incendios. En determinados puntos, la selva continua que esperaba encontrar había dado paso a espacios abiertos en los que apenas quedaban algunos grandes árboles aislados.
La propia Alicia explica que esa fue una de las grandes sorpresas de la expedición: «descubrir que la Amazonía que imaginaba antes del viaje no estaba presente de forma continua en buena parte del recorrido». Y ahí adquiere sentido el nombre del proyecto.
“Antes del asfalto” no habla solamente de una carretera. También plantea qué ocurre con un territorio cuando una vía de comunicación se transforma, cuando aumenta el acceso y cuando el desarrollo de infraestructuras entra en contacto con uno de los ecosistemas más sensibles del planeta.
De la Amazonía a los Andes
La expedición no terminó en Brasil. Después de regresar hacia Perú, Sornosa se adentró en la región de Tambopata antes de afrontar la subida hacia los Andes. En cuestión de horas, el escenario cambió por completo: del calor y la humedad amazónicos pasó a temperaturas cercanas a los 7º y a cotas de alrededor de 4.750 m de altitud. En total, el viaje acumuló unos 7.000 km y alrededor de 40 días de aventura, con una parte especialmente importante desarrollada fuera del asfalto.
Pero, la expedición no termina con el regreso a España. Todo el material recopilado durante el recorrido servirá ahora para elaborar diferentes trabajos periodísticos y audiovisuales, además de un libro de viaje ilustrado con fotografías y dibujos realizados a partir de la experiencia.
El proyecto tendrá también una vertiente medioambiental. Según ha explicado Sornosa, parte de los ingresos obtenidos con la venta de cada ejemplar del futuro libro se destinará a la adquisición y plantación de un árbol en una zona española afectada por los incendios forestales de 2026.
La iniciativa se completará con una ruta en moto hasta el territorio elegido y actividades destinadas también a contribuir a recuperar la actividad turística de la zona. La idea encaja con la filosofía que ha acompañado a “Amazonía, antes del asfalto” desde el principio: utilizar la moto para llegar hasta lugares difíciles de conocer de otra manera, pero también para observar qué está ocurriendo alrededor de la carretera.











