Lo que podría parecer un invento de garaje para llamar la atención es, en realidad, un proyecto académico con un claro propósito. La protagonista de esta historia es una Harley-Davidson Softail que ha sido adaptada para albergar un motor diésel Kubota, habitualmente destinado a maquinaria agrícola.
La transformación fue idea de Alex Jennison, estudiante de ingeniería en la Universidad de Columbia Británica (UBC, Canadá), junto a un equipo de compañeros con la misma inquietud: demostrar que las energías alternativas pueden tener un papel real y accesible en el transporte moderno.
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Así nacio esta Harley-Davidson con motor diésel de tractor
El punto de partida no fue la moto, sino una necesidad práctica. Es decir, reducir las emisiones de la flota universitaria de vehículos pesados, compuesta por camiones, maquinaria de jardinería y transporte de servicio. La propuesta era aprovechar aceite de cocina usado y convertirlo en biodiésel apto para climas fríos, de forma que la universidad pudiera autoabastecerse energéticamente sin depender de combustibles fósiles convencionales.
Sin embargo, en lugar de presentar su idea en un laboratorio cerrado, Jennison y su equipo decidieron crear un prototipo. Y, así, instalar el motor en una Harley-Davidson, todo un icono cultural, y demostrar sobre el asfalto que el proyecto no era solo viable, sino inspirador.
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Como os podréis imaginar, la aventura no fue nada sencilla. Durante más de un año, los estudiantes se enfrentaron a noches enteras de soldadura, mecanizado y ajustes imposibles para lograr que un motor agrícola encajara en un chasis diseñado para un clásico V-Twin.
El propio Jennison lo resumía con ironía: “Doce meses de lucha, noches interminables y mucha paciencia para que un motor diésel de tractor acabe rugiendo en una Harley-Davidson. Sin ánimo de lucro. Solo para probar un punto: los combustibles limpios funcionan hoy”.
El resultado fue una motocicleta robusta, de aspecto imponente, que puede funcionar tanto con biodiésel convencional como con aceites reciclados. Más allá del espectáculo mecánico, la Harley diésel es un vehículo de debate.
Jennison sostiene que, aunque los sistemas eléctricos son la gran promesa contra el cambio climático, no están exentos de problemas. La dependencia de minerales como el cobalto o el litio conlleva graves consecuencias sociales y ambientales: desde la explotación de comunidades en la República Democrática del Congo hasta la deforestación de áreas sensibles como la Amazonía.
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Frente a ese modelo, el biodiésel ofrece una alternativa más inmediata y aprovechable en contextos locales, sobre todo porque gran parte de la mano de obra y de la infraestructura ya está preparada para trabajar con motores de combustión.
Como él mismo señala: “La mayoría de las flotas municipales aún funcionan con diésel, y sus mecánicos ya saben cómo repararlos. ¿Por qué no alimentar esos mismos motores con aceites usados de las cafeterías universitarias?”.
El siguiente objetivo de Jennison es más ambicioso: financiar a través de GoFundMe un viaje de casi 2.000 kilómetros con esta Harley única para demostrar la fiabilidad de su creación y visibilizar que las soluciones sostenibles pueden ser aplicables fuera de los laboratorios.
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Por ahora, ha logrado recaudar unos 5.000 dólares canadienses de un objetivo de 15.000. Su campaña no solo busca el apoyo económico, sino también abrir un debate sobre cómo repensar el transporte más allá de la electrificación total.
Esta Harley-Davidson diésel no se parece a ninguna otra. Es ruidosa, pesada, poco ortodoxa… pero también es un manifiesto sobre ruedas. No pretende competir con los eléctricos ni con la industria de la moto tradicional, sino cuestionar la idea de que solo existe un camino hacia la sostenibilidad.
