Todavía no tenemos ningún deporte en los Juegos Olímpicos en los que participen motos, y todo a pesar de que hay varias disciplinas que podrían encajar, tanto en los de invierno como en los de verano. Pero el COI no ha hecho todavía un hueco a deportes en los que, una máquina impulsada por un motor, sea parte de tan magno evento.
Lo que sí hemos podido ver en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina di Ampezzo es una representación del mundo de la moto. No ha sido tan espectacular como cuando en los Juegos Olímpicos de invierno celebrados en Turín, apareció Luca Badoer con un Ferrari de F1, pero ha tenido un toque más cercano, amable y cariñoso.
Y es que durante parte de la ceremonia de inauguración, apareció un vídeo en el que se podía ver Milán y en el que el protagonista era un viejo tranvía amarillo, que recorría alguno de los lugares más emblemáticos de la ciudad italiana.
Un tranvía amarillo rumbo a los Juegos Olímpicos
A lo largo de su recorrido, el tranvía va recogiendo pasajeros y, entre ellos unas niñas que juegan con sus muñecos, mientras algunos pasajeros ilustres van subiendo y bajando. Entre ellos algunos de los deportistas que van dirección a la ceremonia de inauguración de los vigésimo quintos Juegos Olímpicos de Invierno.
Un vídeo claramente emocional, con un tono casi navideño para terminar llegando al Estadio Giuseppe Meazza, más conocido como San Siro. Allí todos empiezan a bajar hasta que a una de las niñas se le cae su muñeco. Entonces llega la primera sorpresa: el Presidente de la República de Italia viaja en el tranvía y es quien le devuelve a la niña el muñeco. Luego, cuando Sergio Mattarella va a salir siendo el último pasajero, es cuando llega la segunda sorpresa, la que representa a las motos: Valentino Rossi era el conductor del tranvía.
El nueve veces campeón del Mundo de Motociclismo, leyenda de MotoGP, es quien ha estado todo el tiempo al mando del viejo tranvía amarillo. Un giño bonito, un cameo de primer nivel que deja atrás las polémica familiares y la oportunidad perdida de haber cambiado el número del tranvía de 26 a 46, lo que hubiera sido un puntazo.