Una historia que tiene un cohete, una moto, un cobertizo y un ingeniero cercano a la jubilación es digna de poder ser contada en el cine. Es más, seguro que se trataría de una película mucho más divertida, ilustrativa y diferente de lo que estamos viendo en las grandes pantallas últimamente. Pero lo más curioso es que todo esto no es ciencia-ficción, solamente ciencia y el protagonista tiene nombre y apellido: Graham Sykes.
Gracias a los compañeros de MCN hemos conocido esta interesante historia que arranca en pleno 2020 con la idea de Graham Sykes, un ingeniero de 62 años que desde hace tiempo tenía la obsesión de desarrollar un vehículo propulsado por un cohete de vapor. Y eso es, precisamente lo complicado de todo porque no hay motor, solamente agua sobrecalentada a alta presión para ser lo más rápido posible.
Conseguir eso, no obstante, es lo complicado. Y es que, como sucede con todos los cohetes, el mayor desafío es conseguir que funcione de manera eficiente, controlada y encima tenga el rendimiento necesario. Es por eso que aunque se trata de un “proyecto de cobertizo” como dicen los anglosajones, hay un pequeño equipo detrás trabajando todos en la misma dirección.
Además del propio Sykes, que es ingeniero y también se sube a la moto de vez en cuando, está Phil Wood que es el “piloto oficial”, Jim Dicman, Billy Hudson y Diane, la esposa de Graham que en este caso se encarga de la logística, las finanzas y el apoyo en pista. Entre los cinco han logrado ir cubriendo etapas del proyecto para ir logrando el propósito y, lo cierto, es que el proceso es bastante más complejo de lo que puede sugerir el concepto de moto-cohete a vapor.
Lograr hacer funcionar la moto-cohete no es sencillo, pero es pura física
Y es que primero tienen que conseguir generar el calor necesario, que en este caso lo hacen a través de una “nave nodriza” que caliente al agua usando un quemador. Entonces, el calor se transfiere a un depósito presurizado donde hay en torno a 120 litros de agua que suben hasta los 250ºC y los 580 psi (cerca de 40 atmósferas).
Luego viene la parte divertida y es cuando todo está listo, con el agua extremadamente caliente y comprimida, el piloto pulsa un botón, se abren las válvulas y comienza a salir el chorro de vapor propulsando el cohete. Técnicamente lo que sale es el agua, pero al expandirse directamente pasa a ser vapor, que es lo que acelera dentro de las toberas por encima de la velocidad del sonido y propulsa la moto.
¿Lo malo? No hay acelerador, no hay embrague, no hay transmisión… es todo o nada. Una vez se pulsa el botón no hay vuelta atrás. Además, consume unos 40 litros de agua por segundo con lo que en 2,9 segundos se acabó la fiesta. Eso sí, menudos 2,9 segundos…
Porque las cifras de rendimiento son brutales. Actualmente están en la quinta evolución del modelo que ha llegado a conseguir aceleración de 0 a 18,3 metros en 0,72 segundos, con unos picos de fuerzas G de 6,8. En el octavo de milla, 201 metros, lograron una velocidad máxima de 326 km/h y lo hicieron, en una versión anterior, en 1,96 segundos. La versión actual lo logra en 3,17.
Como decíamos, según pasan los metros la cosa se complica, pero aun así los 1.000 pies, 305 metros, los han hecho en 4,53 segundos y el cuarto de milla, 402 metros, en 5,5039 segundos, siendo la segunda moto más rápida de la historia hasta el momento. Imagina lo que se tiene que sentir…
Solamente eso ya merece una película, que podría llamarse “The Real Rocket Man” con el permiso de Sir Elton John.


