Aunque sepas que la vida se acaba, y aunque te dediques a escribir y te ganes las lentejas con ello, cuando llega un momento así no sabes bien qué hacer ni qué decir. Para muchos Fernando González de Nicolás era un piloto que tuvo sus más y sus menos con la justicia, que hizo de todo para correr, que acabó en el talego y que corrió en todas las categorías habidas del Mundial de Motociclismo.
Por suerte, para mí fue mucho más que una historia en tercera persona. Aunque sus amigos le llaman el Ranita o el Rana, que es como me lo presentaron a mí, y también como mi padre me había hablado de él cuando me contaba sus hazañas, yo siempre le he llamado Nani. Solo ahora que se ha ido y lo he comentado en casa he hablado del Ranita, para que no hubiera dudas.
Imagino que ser amigo de Nani era fácil y por eso tenía tantos. Aunque le había visto en el paddock del Jarama en Open Ducados, no nos conocimos oficialmente hasta 2009. Él, el único piloto del que mi padre me había hablado con esa admiración, la figura, el abuelo de las carreras… Era el conductor del camión del PL Racing, más conocido como Kawasaki Palmeto.
El caso es que era difícil no hacer buenas migas con Nani, que nos acogió con los brazos abiertos y una sonrisa. Porque sí, yo creo que si algo tenía característico en él era la sonrisa. Eso y que no te lo acababas nunca. De ahí nació una relación que me regaló grandes momentos, inolvidables y algunos tremendamente divertidos.
Tengo muchos, pero de esa primera época en los circuitos me acuerdo de aquel día buscando el orujo por el camión, descojonado de la risa (y nosotros más), buscaba la botella que “el Boqui” le había escondido. Y es que el Nani bebía orujo aunque no tenía bazo, pero es que el Nani era de otro planeta (y lo terminó encontrando).
No voy a contar todo eso que ya sabemos de él, porque eso ya lo dijo la prensa en su momento y pagó su pena por aquello, ni como tras el accidente no le dejaron correr en motos, se pasó a los coches y ganó… Pero no le llenaba. Tampoco voy a hablar del arte que tuvo para sacarle pasta a Alberto Puig Sr, Ángel Nieto y Julio Iglesias para correr. Pero sí voy a recordar la pasión que tenía al hablar de las motos. Porque Nani se ha ido siendo piloto, nunca se jubiló y eso lo veías en sus ojos, como cuando tramaba con el Trompa la que fue la última intentona con los sides.
Pero no vamos a ponernos a hablar de los sides, que hay muchas historias sobre ellos y sus intentos. Esa es la parte triste de esta película increíble que ha sido la vida de Nani y en la que, como me ha dicho hace un rato mi querido Pedro Parajuá, “Ha bailado lo que en tres vidas de una persona normal y aplicándose”.
Yo prefiero quedarme con aquella anécdota cuando me citó en el taller del Trompa, o ese día que aparcó su viejo Mercedes en medio de la calle en Vallecas delante de un bar y yo, temeroso, le dije “Nani, que te van a multar” y él me contestó “Yo soy el sheriff de Vallecas”. No era el sheriff, evidentemente, pero no le multaron…
Donde sí le multaron fue aquella vez en el Salón de la Moto cuando montamos un stand. El caso es que le hicimos un hueco en el stand. Estábamos montando en el IFEMA el jueves por la noche cuando aparecen él y Lozano, y detrás de ellos los municipales dentro del pabellón… Al parecer iban pasados de velocidad con el camión, que no cortaba, no tenía –digamos- todos los papeles 100% al día y vaya usted a saber qué más cosas. Al final todo quedó como un trámite administrativo y otra anécdota más.
Y así, anécdota a anécdota, detalle a detalle es como se define lo que ha sido este pequeño gran hombre que vivió por y para la moto y que para mí, ha sido el mayor piloto vallecano de la historia. Vallecano de pro y hasta el final. Y es que aunque la vida le puso los chotis más feos para bailar, el Nani no se arrugó, le miró de frente como su padre miraba a los toros, se los bailó y se rió en su cara.
Te echaremos de menos.