Imagina un día cualquiera en cualquier ciudad del planeta, tu estás dando una vuelta en tu moto, quizás con fines lúdicos, por el mero placer de montar en moto o quizás para ir a recoger un paquete en correos para unos amigos tuyos. Quieres un recuerdo de ese momento y por eso has decidido montar tu cámarda en el casco, para grabarlo.
Llegado un momento de tu recorrido, en el que vas tras un coche que otrora fue envidia de muchos y capricho de pocos, haces un cambio en tu sentido y, de repente, aparece un precioso pájaro amarillo que te llama la atención aunque no tienes ni idea de qué tipo de ave se trata. Lo más curioso es que tú y tu moto también llamáis la atención de un animal aparentemente exótico, que cambia su vuelo y se dirige hasta tu lado. Sabes que es un pájaro que no se ve en tu ciudad y aunque no entiendes de ornitología, comprendes que en libertad no podrá sobrevivir. Entonces frenas, y sin llegar de parar del todo, terminando de frenar con los pies extiendes tu mano derecha y, sin más, coges al pájaro, sin bajarte de la moto y con el embrague cogido porque no te ha dado tiempo a poner punto muerto.
Luego ves al que se supone que es su dueño y aunque no lo tienes claro, con cuidado, le entregas el ave porque no puedes transportarlo ni mantenerlo y, además, vives en un barrio en el que los gatos son multitud. Prosigues tu camino sonriendo, con la satisfacción de haber ayudado al animal y la certeza de que cada trayecto en moto es una aventura que sólo viven los que se mueven sobre dos ruedas.
Pues todo esto ha sucedido de verdad, no hace falta que sigas imaginándolo, solamente hace falta que le des al play y revivas la escena. Y, por cierto, el pájaro como bien nos ha comentado posteriormente nuestro amigo Tico es un periquito australiano, el periquito de toda la vida.



