No sé para vosotros, pero desde luego, para mí y desde hace muchos años, ese es el orden lógico de las cosas. Así es como en mi cabeza, en mi ánimo, transcurren los años. Primero, la espera por las primeras carreras del mundial, tras unos meses iniciales del año “tranquilos”. Entrenos, noticias de pretemporada, conversaciones de bar sobre tal o cual piloto, y elucubraciones sobre los que parecen ser los máximos candidatos en cada una de las categorías. Incluyendo las que no pertenecen al mundial, tales como SBK y demás. Unos meses después, cuando el mundial acaba, están los salones de Milán, París, Tokyo… etc, y las motos que nos presentan. Y después comienzan las largas tertulias dakarianas. En coche y moto (es la única prueba de motor que me llama la atención aunque tengan categorías de más de dos ruedas).
En estas fechas ya ha sucedido esa “metamorfosis” mental anual. Ahora me llama más la atención los reportajes o noticias sobre cómo se presenta el Dakar que no las del resto de eventos en el mundo de la moto. Y esto va a ser que ya no tiene “cura”: me lleva sucediendo desde los años 80. Pero en estos últimos años, (me voy haciendo mayor, gracias a Dios) a cada uno de esos cambios de “estado de ánimo” le acompaña una cierta sensación de hastío, de cansancio. De echar de menos tiempos pasados. Cuando empieza el mundial echo de menos aquellos V4 2T de 500 cc sin electrónica más que en la punta de las bujías. Aquellos “aparatos” que daban miedo sólo con mirarlos e imaginarte lo que debía ser ir montado en eso. Llegan los salones de otoño y se que no voy a encontrar nada muy revolucionario ni espectacular: el mercado esta “chungo” y el mercado de la moto se mueve entre scooters y motos “razonables”, pero poco apasionantes. No creo que vuelva a sentir esa “patada en el corazón” de la primera RGV que vi, o aquellas primeras RC30 o Ducati 916. Me siguen gustando las motos, claro, e incluso ahora me molan los scooters, cosa que entonces no. Pero lo más que logran sacar de mi “frío corazón” motero es una sonrisa y un «¡coño!, ¡cómo mola!».(sí, soy muy mal hablado).
Y claro, con el Dakar me pasa lo mismo. Llega un nuevo París-Dakar, que ni es Paris ni es Dakar, puesto que en América no es lo mismo. Aquí no vas a encontrar aquellas Cagiva Lucky Explorer o Yamaha Super Tenere, BMW Marlboro u Honda NXR ni nada parecido. Aquellos “doscientos y pico kilos” con cerca de 90 CV, capaces de surcar mares de arena rozando los 200 km/h. Aquellas etapas maratón “de verdad”, en dos días, sin GPS, tirando de compás para navegar y donde alguno se perdía durante días, si se despistaba. Ahora, ligerísimas (comparadas con aquellas) 450 cc, casi de enduro. Pilotos muy rápidos en zonas donde es difícil perderse, entre tanta tecnología y público en todos los tramos. Y por supuesto, mucho menos “romanticismo”.
Aquellos “doscientos y pico kilos” con cerca de 90 CV, capaces de surcar mares de arena rozando los 200 km/h. Aquellas etapas maratón “de verdad”, en dos días, sin GPS, tirando de compás para navegar y donde alguno se perdía durante días, si se despistaba.
De hecho, hasta seguir la carrera ha perdido gracia. Recuerdo en aquellos 80, cuando en estas fechas, tirando de revistas, regla y rotuladores de colores me hacía unos “plannings” que “te cagas” (ya te lo he dicho, hablo muy mal), con los principales pilotos, las etapas, la clasificación a scratch… de todo. Y en cuanto veía algo publicado en revistas, periódicos, la tele o donde fuese, me iba corriendo a la puerta del armario (donde pegaba aquél “montaje” a actualizar las clasificaciones. Ahora, te metes en internet y ves de un plumazo donde está cada uno. Hasta en tiempo real. Desde luego, es más cómodo, pero el ritual se ha visto reducido a pasar por la página web oficial todas las mañanas, entre la lectura de los emails diarios y el resto de noticias del día. Más cómodo, pero menos romántico, como te digo.
Hay mil historias de aquellos Dakar. Así, de buenas, me llegan a la cabeza un par de ellas, de las que en su día me impresionaron. Aquella perfumera de París, apasionada del motor, que en los años 80 veía salir la caravana por delante de sus narices todos los años. Hasta que se le hincharon esas mismas perfumadas narices. Y vendió la perfumería, juntó los veinte millones “de pelas”, que entonces se estimaba que valía hacer un Dakar con ciertas garantías de terminarlo (en coche) y se fue para allá. O Hubert Auriol remontando con la Cagiva Explorer sobre Ciryl Neveau (Honda) en la penúltima etapa.
Aquella penúltima etapa solía ser muy rápida y “chunga”. Estabas ya cerca de la playa de Dakar, donde se hacía la última etapa, que prácticamente era un paseo-desfile por la playa. Solía ser de menos de 200 km y de caminos llenos de trampas, con árboles, raíces, agujeros y roderas. Pero si ibas a pocos minutos del que llevabas delante, era la última oportunidad de, arriesgando eso sí, recuperar y ganar la carrera. Y en aquella etapa, en el Dakar del 87, Auriol se “estampaba” con su Cagiva por arriesgar y se partía los dos tobillos. Se montó en la moto. Y terminó la etapa. Llorando, lo bajaron de la moto. Y Neveau, ganador, nada más bajarse de la Honda se fue corriendo a ver como estaba su rival, con los ojos a puntito de saltarse también las lágrimas, por la proeza de su competidor. Historias inolvidables de la Edad de Oro de los Raids.
Y me sé más: tuve la suerte, hace unos años, de acompañar a Juan Porcar, el primer español en competir allí, en tres viajes a África. Y recuerdo sus historias: aquel primer Dakar en una Ossa en el que al hacer la maleta no sabía si había que llevar mono de velocidad o la ropa de cross… y se llevó a París las dos cosas. O cuando rompieron el radiador del Range Rover con el que corrió años después y Rosendo Touriñán, su “copi” y uno de los mecánicos mejores y más versátiles que he conocido nunca instaló el de un Pegaso que se encontraron por allí abandonado. Ahora es raro que sucedan esas historias que hacían del Dakar lo que es. El rey de las pruebas off-road.
Pero lo cierto es que en este cambio de chip que me ha sucedido estos días, el que te contaba que ocurre cuando pasamos de las novedades de los salones al “pre-Dakar”, sí que me ha cambiado algo más. No vuelve aquel Dakar, desde luego. No va a haber grandes trail ni han prohibido los GPS. Pero sí han alargado etapas, han montado un par de ellas maratón y sin asistencias durante dos días cada una. Han buscado una solución para hacer más espectacular el rallye en moto, con algunas etapas distintas para ellas. Y también han vuelto las marcas: ya no va a ser un paseo de KTM´s, sino que Yamaha ha apostado fuerte, Honda tiene más y mejor presencia, Gas Gas también se refuerza y con la competencia entre marcas, que duda cabe, mejorará el espectáculo.
Cuando rompieron el radiador del Range Rover con el que corrió años después y Rosendo Touriñán instaló el de un Pegaso que se encontraron por allí abandonado.
Ahora, este Dakar me ilusiona más. Y no sólo por las novedades de esta edición, que como ves, son importantes. También es por que he decidido, de forma casi inconsciente, cambiar el chip, dentro de ese cambio de chip: tuve suerte de ver aquellos Dakar impresionantes. Y vi muchos años de 500 2T. Y de motos nuevas. Pero con 46 tacos que tengo (que no estoy tan viejo) no puedo seguir añorando aquellos tiempos. Estuvieron bien, me divertí, me enseñaron mucho y tuve la suerte de verlos de cerca en algunas ocasiones. Pero de cuando en cuando todavía suceden cosas que me emocionan: ver a un jovenzuelo de 20 años batir el récord de precocidad que yo vi batir a Spencer en la categoría máxima del mundial, reconozco que ha conmovido mi “oxidado” corazoncito. Y estoy convencido que este Dakar también va a volver a traer momentos emocionantes. Así que, cambiado el chip, desoxidado el corazón, vamos a ver cual de los héroes que salen en este Dakar es el más rápido. Y cuál es la marca que vencerá.







