Hacía años que tenía pendiente un viaje con mi amigo Emilio Quesada, español residente en Buenos Aires y motero de siempre. Por unos u otros motivos no habíamos conseguido viajar juntos en moto nunca, pero esta vez nos vengamos.
Podíamos elegir cualquier destino dentro de la Gran Argentina un país de dimensiones descomunales para los españoles, así que no lo dudé y puse mi dedo en el mapa sobre una de las pocas regiones en blanco que tenia en mi personal mapa mundi: Bariloche y la ruta de los Siete Lagos. Una ruta de la que todo el mundo me había hablado maravillas, así que estaba claro.
Primavera austral, dos BMW R1200GS Adventure esperándonos en el hotel en Bariloche, la mía gracias a otro buen amigo argentino Alejando Rossi, que me la cedió para esta ruta. Dejé atrás los fríos de la sierra de Madrid y pasando por Buenos Aires en menos de 24 horas estábamos en la ciudad de Bariloche colocando el equipaje sobre las motos, y con un clima primaveral excelente para montar.
Lo cierto es que esta parte de los Andes es de las que no decepcionan por mucho que te cuenten. Montañas y lagos bosques y carreteras perfectas con muy poco tráfico en una primavera florida donde la retamas, de intenso amarillo invaden los bordes de la ruta. Un placer para los sentidos. La vista se recrea con las maravillas naturales de todos los colores, el olfato con los aromas frescos de todas las plantas en flor, el gusto se deleita con los sabores de las carnes argentinas, el tacto con la dulce sensación del gas en tu mano derecha y los frenos en los dedos y el oído regalado con el rumor del bicilíndrico alemán devorando curvas. ¿Se puede pedir más? Pues sí, se puede pedir, así que lo buscamos. Pistas de tierra y de ripio, esa grava tan habitual por esta latitudes patagónicas.
Durante los dos primeros días alternamos tramos de asfalto con decenas de kilómetros de ripio. En muchas ocasiones siguiendo la mítica Ruta 40 argentina que aunque cada vez más asfáltica, aún mantiene algunos magníficos tramos off, donde hay que manejarse con el respeto que obliga una moto pesada y cargada con equipaje. Pocos tramos de “tole ondule” ese piso rizado que aquí se denomina serrucho, sin duda un muy descriptivo nombre, por los que aún con la máxima prudencia acabas circulando a mas de 80 km/h para evitar la continua vibración.

Nombres como Río Bonito o Lago Hermoso describen perfectamente la belleza de este rincón del mundo y su naturaleza prodigiosa. Acabamos por dormir en el Lago Huechulafquen declarado Parque Nacional. Casitas de madera con solo unas horas de electricidad de generador a los pies del volcán Lanín. Esas cosas que hacen olvidarse no ya del teléfono, también de Internet y el ansia de comunicar inmediatamente que estas en un lugar fantástico. Un aire puro y limpio que hacen evaporarse las prisas ciudadanas y los bits de información sumergiéndote en la verdadera fascinación del viaje. Es el disfrute de cada segundo de vida en plena naturaleza andina.
Seguirían días de pistas de grava, ceniza, tierra, barro, rutas asfaltadas y pueblos singulares, Aluminé, Zapala, las Lajas y Chos Malal (cerca amarilla en lengua mapuche) donde coincidimos con la fiesta del chivo. Ni que decir tiene que no quedaba ni una sola cama en 100 km a la redonda, pero la falta de prisa, la buena suerte del viajero y ser sólo dos personas nos permitió encontrar una antigua verdulería con dos camas y un baño que nos pareció el mejor cinco estrellas por conseguir así vivir una noche de fiesta rural, donde no faltaron las clásicas empanadas y la carne de chivo asada en espeto.
Un par de noches en Mendoza para acercarnos hasta Uspallata y la ruta del paso Libertadores hacia Chile, desde donde se puede ver los días claros la mayor cima de América, el Aconcagua, y que esta vez no se dejo divisar debido a las nubes. Esto no nos produjo demasiada pena. Yo ya la había visto en otro viaje hacia siete años, curiosamente con el mismo modelo de moto BMW R1200GS, durante una etapa de la vuelta al Mundo y Emilio la había visitado en no menos de tres ocasiones anteriores, así que nos dedicamos a hacer un poco de campo en el seco cauce del río Mendoza antes de deleitarnos con una suculenta cena en una de las magnificas bodegas mendozinas.
Se acabó la tierra, quedaban más de mil kilómetros de asfalto hasta Buenos Aires, pasando por Córdoba, pero no pudimos resistir la tentación y nos metimos el tramo de tierra de las Altas Cumbres próximo a la capital cordobesa. Muy recomendable este tramo de casi 30 km que se utiliza en el campeonato del mundo de rallyes de tierra. Y aun más recomendable el tramo de 16 kilómetros de asfalto impecable y curvas enlazadas que le sigue. Tan recomendable que no pudimos evitar hacerlo tres veces, ida, vuelta y de nuevo ida. El pretexto que “redondear” los neumáticos un poco aplanados con tantos kilómetros de largas rectas de las dos jornadas anteriores.
Otra de las grandes satisfacciones de este viaje fue el encuentro con amigos “motoqueros” argentinos con los que he tenido el placer de viajar por China, Portugal y España en ocasiones anteriores. Como tiene que ser cualquier encuentro entre amigos primero unos kilómetros de curvas y después una estupenda velada. Sólo quedaban 750 km hasta Buenos Aires que nos metimos con bastante calor y por autopista, (las motos no pagan ) hasta llegar al concesionario BMW Cordasco, donde nos esperaban otro buen numero de amigos capitaneados por el inigualable Emilio Scotto, Récord Guinness de viaje en moto y todo un personaje con los que celebramos en fin de año anticipado.
Si me preguntas si repetiría, te diría sin dudar: Ahora mismo, ¿cuando salimos? Gracias Argentina Macanuda.









