Un curso en el Jarama, sí, una gran sugerencia, un privilegio, por supuesto. Sin embargo un circuito que fue escenario de tantas jornadas de gloria, en el que tanto campeón luchó por la victoria y en el que tanto laurel pasó por su pódium, no puede dibujar un trazado fácil y asequible, claro está, sino que muy lejos de ello, el Jarama guarda pasos complicados y más de un trance que aún hoy día no deja de entrañar cierto compromiso…, vamos, que no deja de imponer. Así pues, no vale cualquiera para desvelarnos los secretos que guarda la pista más antigua que en hoy día se mantiene activa en España.
Nosotros, sabiendo de su dilatada trayectoria y por el propio conocimiento que tenemos, tanto de sus responsables como de su equipo de profesores, elegimos RGP, con su particular programa exprés para hacer un curso en una mañana, pudiendo estar de vuelta en casa al filo de la sobremesa.
Y de esa forma, nos infiltramos primero como cualquier alumno en las clases teóricas, y después lo hicimos como un monitor más de la plantilla, en la pista, para componer este reportaje descriptivo y dar así una mejor idea, con todas las perspectivas posibles, de cómo es un curso de conducción deportiva hoy día en Madrid.
Administración y teoría
Como en cualquier actividad que se realiza en un circuito, lo primero que debes de hacer es pasar por el box de la organización para formalizar tu inscripción y firmar la correspondiente hoja con la exención de responsabilidades. A continuación, la organización de la propia pista, en el caso particular del Jarama, obliga a pasar unas verificaciones técnicas muy específicas, fundamentalmente, de los fonos que emite nuestro escape, con el fin de cumplir una sentencia kafkiana, sobre la que, en esta ocasión y si me lo permite el lector, un servidor prefiere pasar de puntillas. En cualquier caso, toda moto de serie, salvo algún modelo muy concreto, pasa estas verificaciones sin dificultad, quedando exenta posteriormente de restricciones en cualquier tramo del trazado.
La parte administrativa, siempre tediosa cuando el alumno lleva dentro ese cóctel rebosante de nervios e ilusión, los mismos que guarda en su interior todo motorista, resulta francamente breve y sencilla, para que a renglón seguido, ascienda al piso superior y entre en la sala donde se imparte la clase teórica.
Allí el nerviosismo casi se corta en la atmósfera durante los primeros minutos. Sonrisas inquietas y rodillas que oscilan en cortos vaivenes, dentro de un ambiente vestido de cuero y cordura, con los cascos agrupados en un rincón.
Michel, responsable ideológico, por así llamarlo, de RGP, es el encargado de romper el hielo y aflojar esa tensión que flota en la sala, y lo hace dejando caer los primeros comentarios en tono reconfortante, salpicados con algún chascarrillo que provoca la risa más relajada en buena parte de los alumnos.
Las explicaciones van metiendo en el curso a sus protagonistas, que empiezan a hacer sus preguntas, lo mismo que a plantear sus dudas.
Y así, en poco más de treinta minutos, Michel da las orientaciones básicas a los alumnos para moverse en el circuito con naturalidad y también marca las directrices que seguirá el curso durante su media jornada.
A la pista
Una vez que los alumnos abandonan la sala, el curso queda en manos de los monitores. Cada alumno sigue al suyo hasta el pit-lane, y allí se colocan con su moto en fila para formar unos grupos que cuentan como máximo con cuatro unidades detrás del monitor, algunos incluso tan solo dos.
En el momento de salir a pista, se pone en marcha un guion tan dinámico como continuo, en la que los alumnos alternan veinte minutos de tanda sobre la moto con veinte de descanso activo, durante los que cada monitor reúne a su grupo bajo el techo de un box abierto, para dar en primer lugar sus explicaciones, y aplicar a continuación las correcciones necesarias que ha ido anotando en su memoria durante la tanda que acaba de concluir.
Por descontado, todos los monitores de RGP cuentan con una vasta experiencia en moto, y por supuesto en pista, pero además con una pila de años realizando esta tarea para la misma firma. De esta manera, su formación que alterna teórica y práctica de una forma tan dinámica, sin detenciones, termina resultando un trabajo docente de lo más eficiente.
¿Para qué sirve un curso de conducción deportiva?
Aprender a medir la velocidad a simple vista, en el final de la recta, y afinar la capacidad del alumno para ajustar la frenada, representan nuevas aptitudes a añadir, que, más allá de la diversión y de la satisfacción que reporta en la conducción deportiva, constituyen importantes recursos para incrementar la seguridad en carretera. Con ello, el alumno estará capacitado para controlar con mayor precisión distintas situaciones que a veces se presentan más de prisa de lo que pueden asimilar la inmensa mayoría de los conductores.
Aprender los secretos que encierran algunos pasos tan técnicos como las eses de Le Mans, bridarán al alumno esa sensación gratificante de hacerlo bien, pero además, se irá del curso trazando medianamente bien una curva de auténtico gran premio, con lo que el viraje más complicado de dibujar que encuentre en la carretera le resultará, simplemente, un ejercicio de colegial.
Por otro lado, hacer la bajada ciega de Bugatti a “tumba abierta”, le reportará las sensaciones más intensas de la velocidad, y a medida que suba el ritmo, no le quedará más remedio que pasar por la trazada buena, por su línea exacta. Así, cuando conduzca por carretera después de su paso por El Jarama, habrá aprendido a describir con precisión de milímetros cada línea que elija, no ya para correr, sino para hacer más fácil, con menos complicaciones y por tanto menos riesgos, cada viraje que salga a su paso.
Qué duda cabe de que un curso de conducción deportiva abre la puerta al mundo de la velocidad, pero además de ello, hace una puesta en escena del motorista sobre un trazado de doce o catorce metros de ancho, en el que irá centrándose y sobre el que terminará fluyendo en armonía, aprovechando un espacio tan inmenso. Por tanto, si un alumno sale perfectamente orientado de una pista tan amplia como El Jarama, difícilmente se desorientará o se despistará sobre una carretera de apenas ocho metros, en la que dispondrá tan sólo de la mitad para el carril para su sentido, recortándole aún los márgenes de seguridad debidos para no pasar demasiado cerca ni de otros coches, ni del acecho que cela en guardarraíl.
Un curso de conducción deportiva lleva intrínseca la idea de ir rápido, eso nadie lo niega, pero después de pasar por esta práctica de la velocidad pura, sobre un recinto especialmente apropiado para ello, el reencuentro con la moto en la carretera centra mucho más al motorista sobre un escenario en el que encuentra todos los peligros que lo acechan, unos peligros que no ha visto en el circuito, y que antes de su paso por él, apenas si le llamaban la atención. Por ello, le resultarán mucho más palpables las posibles consecuencias de una caída en la vía pública, al mismo tiempo que contará con un mayor dominio y control de su máquina, después de haberse visto rozado sus límites sobre el asfalto de un circuito.








