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Las píldoras de Matrix: filosofía y motos

Fotos: SMN
Este año se celebra el 20 Aniversario del estreno de la película 'The Matrix', una obra maestra de las hermanas Wachowski que cambió el cine para siempre. Al igual que sucede con la inolvidable escena en la que Neo debe decantarse por una de las píldoras ofrecidas por Morfeo, en nuestro mundo también puedes enfrentarte a la misma disyuntiva y efectos, por ejemplo, la primera vez que pisas la Isla de Man, la meca de las road races. La dolorosa verdad de la psicosis en estado puro.

De camino a Port St. Mary, avisto a mi derecha la oficina de control de carrera de la Southern 100, otra carrera urbana que se celebra en julio en el Circuito de Billown (6,84 km). Al poco tiempo, nos detenemos en una especie de mirador con murete que separaba la playa de la carretera. La mayoría de los moteros de La Isla son hombres curtidos, algunos muy mayores. Tres de estos clásicos (el más joven tendría unos 70) estaban apostados junto a nosotros con tres piezas de museo infernales: una AJS de competición de 1950, otra AJS de trial y una Norton. Óxido en alguna, restauración en otra, pero las tres a pleno rendimiento. El cabello blanco y los currados monos de cuero negro (el color oficial de la mayoría de los motoristas que circulan por allí) reflejan el paso inexorable de los kilómetros… y del tiempo. Las fuertes manos, deformadas por la artrosis, y sus encorvados cuerpos hacen pensar cualquier cosa al imaginártelos vestidos de paisano. Posiblemente, amigos desde la infancia, salen cada domingo desde hace siglos a pasear sus monturas con orgullo para dar envidia a “guiris como nosotros”. Yo, comienzo a derretirme, imaginando si algún día llegaré a ser como ellos.

Dirigiéndome a uno, le pregunto por qué circulan sin luces ni retrovisores. El que luce chaleco amarillo con inscripción “The Vintage Motor Cycle Club” (que en 2008 celebraba su 36 aniversario) me responde que allí existe una homologación especial que les permite circular de día legalmente sin faros: con la matrícula basta. Mientras me dejo empapar de “sabiduría motera islamanera”, una anaranjada Laverda 750 SFC del ‘74 emerge atronadora por la carretera, retumbando con sus escapes de carreras. A cierta distancia, un par de Guzzis intentan seguirle. Los ancianos les vitorean y les animan como se de una carrera se tratase…

Código Matrix

Una vez llegamos a Port Erin, más milagros. Bajando por una calle con mucha pendiente, con el mar de fondo y a punto de llegar a la playa, veo… ¡una Gilera 500 GP dentro del escaparate de una tienda! Como es lógico, freno en seco mi 851, corro a los cristales y comienzo a lamer el escaparate como una ninfómana un Calippo de Frigo… La fachada de la tienda, de madera pintada en verde, aloja el cartel “Erin Curios” y también contiene una Vincent Black Shadow roja de infarto. Al traspasar el umbral de la puerta, caigo en un mundo irreal capitaneado por un anticuario que te sorprende con maravillosas y sabrosas colecciones de objetos místicos relacionados con las dos ruedas: tres veteranas en venta, motores sueltos, minitaller, fotos antiguas del TT, gafas de aviador, insignias y multitud de objetos que me dejan boquiabierto. Ante su estado de concurso, le cuestiono la autenticidad de la Gilera, y claro, me responde que es una de las 4 réplicas de este modelo que hay en el mundo. Una tienda donde perderte durante horas y horas…

Aturdido por lo contemplado, empujo la moto unos metros hacia abajo, hasta aparcarla frente a una librería (Bridge Bookshop). Indico a Enrique y a Raúl que me voy a acercar a los toilets. Cuando me dirijo hacia allí, se me corta el pis con otro shock-postraumático que hace mella en mi persona. ¡Otra maldita Vincent… en el escaparate de una Cafetería! Simplemente surrealista. Una Norton de los ‘30 de oxidado depósito, con motor de los ‘50 y sidecar cabinado, aparca. El hombre conduce, la mujer va detrás y los niños emergen de la cabina del side. Una pareja de Hondas CB 450 Black Bomber del ’66 brillan recién restauradas en cromo y negro un poco más adelante, junto a más maravillas de antaño.

Steve Hislop (Norton), ganador del Senior TT 1992

En la primera entrega de la película The Matrix (1999) hay una escena en la que Morfeo ofrece a Neo dos pastillas. Keanu Reeves elige la roja (mundo real), básicamente porque si no, la película se acabaría: «Estás aquí porque sabes algo, aunque lo que sabes no lo puedes explicar… pero lo percibes: ha sido así durante toda tu vida. Algo no funciona en el mundo, no sabes lo que es y está como una astilla clavada en tu mente y te está enloqueciendo: esa sensación te ha traído hasta mí. ¿Sabes de lo que te estoy hablando?». Pues bien, al igual que el protagonista, yo también me tragué la roja, esa con la que desechas la dichosa ignorancia de la desesperación producida por el código idealizado-Matrix, el de palo, el feliz, el perfecto. Si pensabas que MotoGP es lo máximo, estás equivocado: rasca más allá y verás hasta dónde llega la madriguera de conejos.

Con todo este ajetreo, no nos habíamos percatado de que los tres abuelos venerables que nos habíamos encontrado de camino a Port St. Mary se disponían a marchar tras otra paradilla de rigor. La escena es brutal: uno de ellos, el más fuerte, empuja al del chaleco amarillo para que arranque la AJS de carreras. Les cuesta un poco, pero la inglesa trona por su cromado escape “tipo embudo” que da gusto. La AJS de trial arranca sin problemas, pero falta la Norton. A 6 metros de mí comienza el espectáculo. Como debe ser, se produce la eterna lucha entre el piloto y el laureado monocilíndrico. La retorcida pierna derecha del anciano se esfuerza por no sucumbir ante el retroceso del pedal de arranque, ayudándose con pasión de su bota negra de cuero con cuádruple hebilla. La compresión del motor, como es su deber, empuja con fuerza hacia arriba, impidiendo a su dueño arrancar con facilidad hasta la 10ª patada. Sólo entonces, el rojo que muestra el rostro del orgulloso inglés comienza a tornarse rosa, calentando el aceite con el que lubricar la máquina a golpes de acelerador, y descansando un poco sobre el asiento debido al esfuerzo. Raúl y yo aplaudimos al dios de la Norton, al tiempo que se pierde con sus dos amigos en lo alto de la calle.

Ducati 996 The Matrix Reloaded (2003)

Esa imagen había colmado mi vaso particular. Esto sólo puede verse aquí. Intentaba contener las lágrimas, pero una pequeña gota incolora brotaba de mis ojos deslizándose por la mejilla. La sacudida emocional bloqueaba todo mi cuerpo y Raúl pulsó el botón de la cámara fotográfica ante mi exagerada inmovilidad. Mis extremidades se paralizaron y, de pie, perdí el norte durante unos segundos ante la sobre-excitación que había padecido toda la mañana. Semejante escena me alcanzó el corazón, transformándome en humano de nuevo. Ver un unicornio alado trotando por el campo, una fuente que emanase natillas o un vaso de Coca-Cola gigante fornicando un buzón de correos no me hubiesen sorprendido ni lo más mínimo.

En ese preciso instante, la Isla de Man me parecía el enclave perfecto para rodar otra parte del Mago de Oz o las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, o incluso alguna de los Hermanos Manx, perdón, Marx… Estaba inmerso en una ilusión continua, una experiencia total fabricada en una burbuja incontaminada y asquerosamente feliz. Donde quiera que mirara, había un motorista digno de admiración, una pieza mecánica de culto, un trozo de historia viva mostrada con una dignidad fetichista. “Debemos irnos de aquí cuanto antes chicos, porque no veo la forma de salir de este bucle”. El mundo perfecto me había absorbido para siempre. ¡Puta pastilla! Ver una de mis motos favoritas de principios de los ‘90, la Bimota YB8, al salir del pueblo, no me impresionó ya ni lo más mínimo.

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