Los cascos están fabricados con tres partes fundamentales. Las dos más evidentes son las que podemos ver a simple vista. Por un lado tenemos la calota externa, que es la parte exterior del casco dura al tacto. Puede estar fabricada en multitud de materiales como termoplásticos, carbono, tricomposite, fibra de vídrio, etc. A no ser que reciba un golpe y, con ello sufra daños, estos materiales duran muchos años, porque además la capa exterior de laca impide que estén expuestos directamente a los agentes externos.
En el interior nos encontramos con el acolchado. En contacto directo con él tenemos nuestra piel por lo que sufre el ataque tanto del sudor como de las grasas, aliento y también toda la suciedad que encontramos en la carretera y que se cuela por la parte inferior.
Por suerte, actualmente casi todos cuentan con un interior desmontable y lavable, con lo que podemos mantenerlo en buen estado bastante tiempo. Aunque el acolchado acabará cediendo con el tiempo y degradándose, por lo que necesitaremos cambiarlo pidiendo otro interior al fabricante. Esto nos servirá tanto para que de nuevo nos quede correctamente ajustados como cuando lo compramos y, también, para recobrar el confort interior.
Por último tenemos la calota interna. Esta fabricado en EPS de varias densidades con el fin de absorber el golpe de forma que este se rompa para evitar que la fuerza del impacto nos llegue a la cabeza. El EPS, para que nos hagamos una idea, es similar al “corcho blanco” (poliuretano expandido) de los embalajes.
Este material reacciona con multitud de agentes externos y es bastante delicado. De ahí que haya que tener precaución de no acercarlo a fuentes de calor (como el escape), o hidrocarburos y similares. Todo ello le ataca y destruye. Pero además el tiempo también juega en nuestra contra y a medida que pasan los años, su capacidad de absorción de impactos disminuye y, con ello, nos deja de proteger correctamente.
Por ello los fabricantes establecen unos tiempos a partir de los cuales el casco debe ser cambiado. Es su fecha de caducidad y no es recomendable sobrepasar la misma. Dependiendo de la marca, oscila entre los tres años para los cascos de gama baja y llega hasta los siete para los cascos de mejor calidad.
Nuestro consejo es que preguntéis directamente al fabricante cuál es el tiempo que ellos consideran que se puede utilizar el casco y, cuando llegue la fecha límite, lo cambiéis. Sabemos que si está e buenas condiciones, parece mentira que debamos cambiarlo pero es como un neumático con dibujo y que tenga más de cinco años: aparentemente está en buenas condiciones pero sabemos que, cuando le exijamos, no ofrecerá el agarre adecuado y tendremos muchas posibilidades de irnos al suelo.






